"Carta desde Marruecos
Después de dar vueltas con la casa rodante, paré en Tánger.
Invento tus manos.
Después de dar vueltas con la casa rodante, paré en Tánger.
Invento tus manos.
El tanteo
buscando el árbol ciego para talarlo. Dedos lentos abren grietas a
través de una niebla en punta, siguen el surco blanco de un aire evaporado y en
finísimas gotas muelen el espacio entre vos y yo.
Voy a
escribir sobre tus manos para reiniciar la ceremonia. El rezo que se
estira desde las piernas. Abro las ventanas y las puertas del
desierto; si el desierto tuviera ventanas o puertas. Te veo empujando el sol
hasta su caída. La estela de luz al sur de los trópicos. Grandes variaciones de
temperatura dejan un sitio despoblado. Sólo los monjes se retiran a sus arenas
rojizas. Y yo abro más las ventanas. Para inventar algún
frescor, extiendo mis manos sobre el elástico de la cama. Una fisura de arenas
negras aglutina el olor a vos, en la piel que se abre y se cierra a la fricción
sobre el colchón, la cama.
La noche de
los desiertos. Ahí donde los animales no tienen donde esconderse, ahí
donde se desprenden de algo para salvar el cuerpo. Llueven lagartijas del
cielo de la noche del Gran
Desierto. Las lagartijas cortan el aire que respiran los monjes. Carne con
carne, la mano rezuma lagartijas en lo viscoso del
arenal, desprendiéndose. La única vegetación, saurios, dragones, salamandrias.
Hace de piel la iguana que se resbala y se oculta debajo de una piedrecilla. Piel,
el rayo de piedra que se apega a lo largo de su cresta espinosa.
En ese
lugar mío sin muda.
