“Mi acto es un acto primordial, que remite al origen de todo. A la gran explosión que generó el universo, al encuentro entre planetas, al choque entre el cielo y la tierra, entre el paraíso y el infierno”. Mauricio Fuentes DukeduroLa obra consiste en un monólogo, que apuesta a la crítica y reflexión de una realidad que preocupa al actor: el encuentro con la inmigración peruana en la capital chilena. Encuentro que revitaliza el eterno y silencioso conflicto del origen, de la colonia y el desarraigo. En el bello “país de cera”, coexiste con la cordillera india el legado del blanco: la católica herencia, que se filtra en el discurso del actor en forma de rap, junto a la denuncia del “clasismo, racismo, homofobia y xenofobia”.
Perú toma forma de mujer a través de Cecilia “la limeña”. El otro, el intruso, se presenta entonces sensible y frágil, lo que permite a Fuentes contar su historia de amor desde el altar de la supremacía: Él es el rey del emboque “Soy el mejor. El que mejor lo emboca”. Historia de amor y sometimiento del más débil. Historia de amor y muerte. Historia que se da en un tiempo impreciso: “El tiempo dejó de existir”. El choque de culturas, el tema inmigratorio, es atemporal y carece de un locus preciso.
La guerra de los opuestos se actualiza “On the road”, en el camino que conduce a un país de lengua extranjera, que desconoce la histórica disputa entre peruanos y chilenos, y los etiqueta como sinónimos. El rap globaliza la diferencia: “Hay que matar a los cubanos, colombianos, indios, chinos, mexicanos, maricones, negros, amarillos, musulmanes, comunachos”. El hombre sucumbe ante su brutalidad escogiendo matar a amar.
Al final se produce un giro en la historia: el amor, el odio y la muerte quedan atrás, en algún lugar de ese tiempo y espacio indefinidos. Se produce entonces, un encuentro entre el hombre y la naturaleza: el actor se aleja remedando un animal en cuatro patas, dejando a los espectadores con una sensación de vacío a ser llenado por la esperanza de transformación del hombre. Al comienzo de la obra el actor se presenta “Como un sacerdote que dirige una plegaria, un ritual”. Al terminar nos despide, como hace un párroco al concluír su misa: “Podéis ir en Paz”, “Peace”: La palabra “Paz” valida y sella el mensaje, a la vez que nos libera de la mea culpa, y nos alienta a participar del cambio pacíficamente.